El viaje del alma

El alma no tiene raza, no tiene religión, solo conoce el Amor y la Compasión.
Todos somos seres divinos, hace miles de años que lo sabemos, pero nos hemos olvidado y,
para volver a casa tenemos que recordar el camino. BRIAN WEISS




miércoles, 21 de febrero de 2018

Como mariposa...: 12) Del amor platónico y otros pensamientos irracionales


Del amor platónico y
otros pensamientos irracionales




El amor platónico se entiende como un amor a distancia, basado en la fantasía y en la idealización, donde el objeto del amor es el ser perfecto que posee todas las buenas cualidades y ningún defecto.

La concepción del amor que hace el filósofo griego Platón en su obra “El banquete”, es esencialmente pura y desprovista de pasiones, porque estas son esencialmente ciegas, materiales, efímeras y falsas. El amor platónico, por lo tanto, no se basa en intereses, sino en la virtud, y por supuesto, existe solo en el mundo de las ideas.

La Psicología sitúa el origen de este tipo de sentimiento en posibles causas como la introversión, la inseguridad e inhibición emocional, y aparece especialmente durante la adolescencia y la juventud.

Sentir o tener un amor platónico, en algún momento de la vida, es algo habitual y, a veces, se convierte en una obsesión que genera frustraciones, dolor y sufrimiento.

Fran tenía todos los números para vivir en su pensamiento un amor platónico. Estaba en la adolescencia, era tímido y reprimía sus emociones.

Sin embargo, la triste realidad es que existen muchas personas que, habiendo abandonado hace tiempo la edad cronológica de la adolescencia, siguen enamorándose, de manera irracional, viviendo ese sentimiento en su interior, sin llegar a expresarlo en ningún momento.

La causa por la que personas adultas siguen cayendo inevitablemente en esas o situaciones parecidas, es un carácter inmaduro, lo que les ocasiona el quedar estancadas emocional y mentalmente en su etapa de adolescencia.

Son personas que ansían el amor, que idealizan la relación, que se sienten incompletas e insatisfechas con lo que son y necesitan esa contraparte que les puede proporcionar una pareja para sentirse completas y realizadas,  aman más el concepto de amor que amar, y que, posiblemente, su único acercamiento a Dios, aunque sean fieles cumplidoras de los preceptos religiosos, sea para pedirle que la mire su amor idealizado, que le hable, que se realice el milagro y, también se acercan a Dios para recriminarle, que el vecino de enfrente tiene una relación, y ella no, con lo devota y buena persona que es.

Pero los pensamientos irracionales no solo se ocupan del amor platónico en la etapa adolescente. También se ocupan de todo lo concerniente, básicamente, a los deseos de los seres humanos.

De la misma manera que se idealiza el amor, se puede, y de hecho se hace de manera permanente, idealizar cualquier otro deseo. Lo explicaba Buda hace dos mil quinientos años: El deseo es la causa del sufrimiento.

Seguro que han oído esa frase. Seguro que son conscientes de cuál es la causa de casi todos sus sufrimientos, pero…, o no pueden hacer nada porque les domina el pensamiento, o no tienen fuerzas para llevar a cabo ninguna acción realmente eficaz, o no se creen que su propio pensamiento pueda jugarle tan malas pasadas, o sencillamente que no saben cómo hacerlo, ya que después de haber probado, en varias ocasiones opciones distintas, no han conseguido ningún resultado.

¿Es culpable el pensamiento? No lo es. El pensamiento es una energía que, desde su origen, el cuerpo mental, se dirige al cerebro para expresarse. Esas nubes de energía van y vienen a su antojo, por afinidad con otras personas, o con otras formas de pensamiento, por la situación, por multitud de razones, y lo van a seguir haciendo hasta que la persona tome las riendas de su mente.

Entonces, ¿es culpable la persona? Tampoco es culpable la persona, ni del pensamiento, ni de no poder gestionar ese pensamiento. Nadie la ha enseñado.

Pues entonces, ¿son culpables los padres o los educadores? Tampoco lo son, ellos no sabían, ni saben lo suficiente, no saben de la fuerza del pensamiento, por lo que difícilmente pueden enseñar lo que no saben.

Ya solo nos queda culpar a Dios por dar al hombre una mente tan poderosa e indomable. Pero no. Dios tampoco es el culpable.

No existen culpables porque es necesario el sufrimiento para aprender y para evolucionar.

Si no hubiera sufrimiento los hombres se mantendrían instalados en su zona de confort, sin cuestionarse nada y, muy posiblemente, sin investigar y sin practicar nada, con lo cual no habría evolución, no habría aprendizaje, no habría crecimiento, por lo que la distancia de separación con Dios seguiría inamovible. Y la única razón para la vida es reducir esa distancia, para un día unirse a Él.

Pero ojo, nadie dice que el sufrimiento deba ser eterno. El sufrimiento es la espoleta que pone en marcha un proceso de aprendizaje, que ya aparece contemplado en el Plan de Vida del alma encarnada.

¿Qué podía haber hecho Fran, y todos los que se encuentran en su misma situación, ya sea por el sufrimiento de un amor platónico, por la pérdida de un familiar, por encontrarse de frente ante una enfermedad grave, por no tener dinero para llegar a final de mes, o por no tener el coche último modelo que anhela?

En primer lugar, sentir el sufrimiento, (con un minuto ya puede ser suficiente), porque serán las respuestas a la pregunta de ¿por qué ese sufrimiento?, el desencadenante de todo el proceso.

Pero no basta con sentir el sufrimiento, se ha de ser consciente de él, y analizar su causa.

Bien es cierto que pueden tener clara la causa:

-      “¿Cómo no voy a sufrir si estoy enamorado de una persona que ni siquiera me mira?, ¿te parece que no tengo razón para sufrir?”.
-      “Si no me llega el dinero para finalizar el mes, ¿cómo no voy a sufrir?”.
-      “Mi hijo está enfermo, si no sufriera sería un desalmado sin corazón”.

Si la persona queda anclada en este tipo de pensamientos, difícilmente tendrá solución, y les aseguro que hay millones de personas aprisionadas en su sufrimiento, rebozándose en su propio dolor y tratando de salpicar a otros con la desgracia que les ha tocado vivir.

Lo mejor es dejarles, son incapaces de razonar, porque no les sirve ni tan siquiera el consuelo que se les pueda ofrecer. No es su momento de despertar, ya les llegará.

Pero hay otras personas, Fran es una de ellas, que sí pueden razonar el porqué de su desgracia. Y una vez que son conscientes de que su sufrimiento no es más que un pensamiento que da vueltas y vueltas cada vez más rápidas se les puede plantear varias preguntas:

Pensando una y otra vez lo mismo, ¿se va a solucionar el problema?

Si está claro que no se va a solucionar el problema se pueden elegir entre estas dos opciones:
1.    Hacer algo para erradicar ese pensamiento.
2.    Seguir pensando y, por ende, sufriendo.

Por lo tanto, una vez conscientes de que todo el problema radica en su pensamiento es momento de ponerle coto.

Hay que tener claro que ponerle coto al pensamiento es una tarea dura y complicada, que requiere tiempo y en la que es imprescindible hacer uso de la voluntad. Y, sobre todo, hay que tener paciencia, ya que es muy posible que sea un trabajo de tiempo para conseguir un cierto control, aunque no es necesario esperar tanto para conseguir resultados en cuanto a ciertas dosis de sufrimiento se refiere, como son algunos de los ejemplos expuestos.

Todas las técnicas que se enseñan a lo largo y ancho del mundo, como el yoga, en cualquiera de sus variantes, el chi kung, el tai chí, la meditación en cualquiera de sus formas, las diferentes técnicas de visualización y contemplación, el control sobre la respiración, los métodos para controlar la mente, talleres, lecturas, cursos y terapias, tratan, sea cual sea la forma en que se publiciten, de controlar la mente. Unas lo hacen a través del control del cuerpo, otras incidiendo directamente en la mente, y otras, controlando la energía.

También es cierto, que una vez conseguido eliminar ciertos pensamientos que generan sufrimiento, aparecerán otros, ya que el aprendizaje ha de seguir su curso.

Sin embargo, hay una fórmula con la que se consigue un atajo, posiblemente de muchas vidas, pudiéndose ahorrar muchos sufrimientos.

Consiste en vivir como si ya se hubiera llegado al final del camino.

El final del camino es Dios. El final del camino es la unión con Dios. Vivan como si ya se sintieran unidos a Dios. Que su pensamiento solo sea Dios. Vean al resto de los hombres como si fueran ustedes mismos, trátenles con el mismo amor y cariño con el que les gustaría ser tratados, ayúdenles en cualquier circunstancia, no les juzguen ni les critiquen, sean tolerantes, sean generosos y, sobre todo, sean conscientes y vivan con total atención, para que no se desvíen ni un ápice de la línea de meta.

Cuando su pensamiento sea solo para Dios van a dejar que la vida fluya a través de ustedes, y cuando lleguen los sufrimientos, que llegarán, ofrézcanselos a Dios, y estos durarán solamente el tiempo que permanezcan en su mente, tiempo, que por supuesto, no habrán dedicado a Dios.   



martes, 20 de febrero de 2018

Como mariposa...: 11) Las dudas de Fran


Las dudas de Fran



            Fran era inteligente. En el ranking de su clase, (en esa época como ahora, la competencia y, por lo tanto, la clasificación, era una moneda de cambio habitual), siempre estaba entre los cinco primeros. Nunca consiguió ser el mejor porque era un puesto al que se encontraba abonado un amigo, más que compañero de clase, pero si mantenía, sin demasiado esfuerzo, un dignísimo segundo puesto.

No necesitaba estudiar mucho, ya que con las explicaciones de clase parecía tener suficiente.

-      Si estudiaras más podrías ser el número uno -le decía su madre con frecuencia.

Siempre después de ese o comentarios parecidos, Fran se sentía herido en su orgullo, y durante una temporada, no muy larga, ya que el sacrificio no duraba más de diez días, se levantaba a las cinco de la mañana a estudiar. Siempre fue más alondra que búho, (lo era tanto, que en su juventud cuando empezaba a salir con chicas, prefería invitarlas a desayunar que a cenar), y le era más fácil levantarse temprano a estudiar, antes que trasnochar, ya que pensaba que la noche se había hecho para dormir. Sin embargo, lo único que conseguía cuando madrugaba para estudiar era dormir dos horas más, sentado, con un libro delante, en la cocina de su casa, que era su lugar de estudio. Con lo que seguía manteniendo el segundo puesto, sin poder alcanzar o sobrepasar a su amigo Eliseo.

Fran, de gran corazón, era dual en sus relaciones: Podía ser, casi de manera simultánea, duro como el pedernal y suave como el pétalo de una flor. Aunque sus conocidos le decían que era un lunático. Nacido bajo el signo de Cáncer parecía claro el influjo que sobre él ejercía la luna. Él mejor que nadie sabía de sus constantes cambios de humor. En décimas de segundo podía pasar de la euforia extrema a una tristeza absoluta. Era como el doctor Jekyll y el señor Hyde: Dos personalidades en una. Pero no solo eran dos personalidades de cara al exterior, en su interior también existía esa dualidad: Mientras que, por un lado, tenía pánico a la muerte, porque suponía que era el final de todo, por el otro, se sentía atraído por ella de manera casi enfermiza, porque dudaba que realmente se acabara todo con la muerte y, anhelaba saber qué habría al otro lado, en caso de existir. Por el pánico que le tenía a la muerte, hacía que intentara no ver nunca a un muerto, haciéndose el remolón y poniendo millones de excusas, (prefiero recordarlo en vida, decía), para no asomarse al féretro y así librarse de ver al difunto, cuando en su incipiente biblioteca, entre los libros raros, (como decía su madre), se encontraban varios volúmenes sobre la muerte, escritos por clarividentes, psíquicos o locos.

Esos libros raros tenían títulos como: “El poder del péndulo”, “Las rayas de la mano y el amor”, “La muerte: Una gran aventura”, “Numerología mágica” o “Reencarnación”. 
 
Era también dual en sus creencias religiosas: No le cuadraban las enseñanzas sobre Dios que impartía la Iglesia Católica, (la religión de su país, de su familia, y por extensión la suya), ni le cuadraban las acciones que sus representantes, los sacerdotes, llevaban a cabo y, sin embargo, entraba con verdadera devoción a las iglesias, en cualquier hora del día para sentarse en un banco, al final del templo, y hablar supuestamente con Dios, aunque él sabía que nunca contestaba; algo superior a él le impulsaba a hacerlo, pero eso sí, siempre a escondidas de amigos y conocidos, porque ¿qué iban a pensar si le veían entrar en una iglesia?

Nunca entendió muy bien el papel de las religiones. En los encuentros que tenía, a escondidas, con Dios, en las iglesias, mantenía un soliloquio consigo mismo, pero dedicándoselo a Él:

-      ¿Por qué existen tantas religiones?
-      Si Tú eres Uno, ¿cómo se pueden enseñar tantas cosas diferentes sobre Ti o sobre Tus enviados?
-      ¿Es posible que ninguna religión sea la auténtica, y que para hablar Contigo no sea necesaria tanta parafernalia?
-      ¿Qué es la vida?, ¿por qué parece tan injusta?
-      ¿Vivimos antes de nacer?, ¿en qué forma?
-      Al morir ¿volvemos a donde estábamos antes de nacer?
-      ¿Quién soy realmente?
-      ¿Existe la reencarnación?
-      Si existe la reencarnación y en cada vida tenemos padres diferentes, ¿qué papel ocupan los padres, o los hijos, o las parejas en cada vida?, ¿nos volvemos a encontrar?
-      El tiempo que no estamos en la vida, ¿hacemos algo?

Estás y un sinfín de preguntas más se iban repitiendo en la mente de Fran, de manera cíclica.

En esa época, Fran contaba con quince años. Estando en la mitad de su adolescencia, se enamoraba perdidamente de cualquier persona del sexo opuesto que contara entre quince y treinta años. Las menores de quince le parecían demasiado niñas y las mayores de treinta demasiado mayores.

Por supuesto que nunca dio a entender nada a nadie, su timidez se lo impedía, y posiblemente, fue en sus enamoramientos, como comenzó a conocer algo que, para él, era auténtico sufrimiento. Todo lo que no sufría por el panorama que vivía en su casa, lo sufría fuera, por causas totalmente irracionales.

Y si no, ¿cómo se puede calificar el sufrimiento de alguien que vive el amor, o lo que él creía que era amor, de manera tan emocional, esperando que su amor platónico le dirija una mirada cuando su timidez le impedía expresar cualquier sentimiento? De irracional por supuesto, ya que no se le puede dar otro nombre.

Fran, sin saberlo, como el resto de seres humanos, vivía de pensamientos emocionales, y aunque no le gustaran los resultados que acarreaban esos pensamientos, seguía con ellos un minuto tras otro.

En realidad, no era consciente de que los “amores platónicos” que mantenía dando vueltas en su mente eran el caldo de cultivo de su sufrimiento, y tampoco sabía que, para evitar ese dolor, lo único que tenía que hacer era cambiar el pensamiento. ¡Pero nadie le había enseñado a manejar el pensamiento!, incluso si alguien se hubiera permitido vivir sin pensamiento, hubieran dicho de él que era un “bobalicón”.




domingo, 18 de febrero de 2018

Como mariposa...: 10) Apego y Amor


Apego y Amor



            Fran volvió su atención a la figurita de la bailarina que parecía bailar en la inmovilidad de la nada mientras mantenía un pensamiento en su mente: “Levántate del mueble suavemente y mantente en el aire”. Y mientras, cerraba los ojos imaginando cómo la bailarina se separaba del mueble, con suavidad, quedando suspendida en el aire, con la única fuerza de su pensamiento. Pero no pasaba nada. La bailarina no bailaba en el aire. El pensamiento de Fran seguía manteniendo a la bailarina en el aire, levitando, bailando solo para él una danza de lo imposible, hasta movía sus manos para ayudar en su levitar a la bailarina, pero…, no, no pasaba nada. Otra vez no lo había conseguido.

-      Yo sé que es posible -pensaba Fran.

-      Y prosiguió Fran en su dialogo interno: Yo sé que es posible y además sé que puedo hacerlo.

Algo dentro de él le permitía saberlo con seguridad. Era como si ya lo hubiera hecho en otras ocasiones, aunque estaba claro que no era en esta vida.

El siguiente pensamiento era:
-      Algo me falta para conseguirlo, algún día….

Y Fran seguía creciendo. Intentaba estar cada vez menos tiempo en casa. No soportaba ver la inconsciencia en la que se sumergía su padre con tan sólo dos o tres vasos de vino, ni la tristeza y la soledad de su madre.
Sin embargo, fuera del momento en el que se encontraba ante ambas situaciones, no sentía nada. Cuando no estaba frente a la embriaguez ni ante la tristeza, no las sentía, no las recordaba, no pensaba en ellas.

Fran pensaba en eso como un gran defecto:
-      ¿Será que no quiero a mis padres? -pensaba.
-      ¿Cómo era posible no sufrir cuando no se estaba inmerso en la situación? -se preguntaba a sí mismo Fran.
-      Y él mismo se respondía: Debe ser como dice el refrán “Ojos que no ven, corazón que no siente”.
-      También puede ser lo que dice mi madre: Eres un “descastado”.

Poco podía saber Fran que eso que él y su entorno calificaban como un defecto, era una virtud: Era desapego.
El apego, que se define como una vinculación afectiva intensa, duradera, de carácter singular, que se desarrolla y consolida entre dos personas, por medio de su interacción recíproca, y cuyo objetivo más inmediato es la búsqueda y mantenimiento de proximidad en momentos de amenaza, ya que esto proporciona seguridad, consuelo y protección. Es la emoción pionera del dolor y el sufrimiento.
En el caso de Fran, ¿de qué le hubiera servido sufrir por la enfermedad de su padre o por el dolor de su madre?, ¿estaba en sus manos la solución? Con su sufrimiento ¿iba a dejar de beber su padre?, ¿iba a dejar de sufrir su madre? La respuesta es no. Por lo tanto, hubiera sufrido inútilmente.
Con cualquier sufrimiento, el sufridor ¿soluciona el problema origen del sufrimiento? No sólo no lo soluciona, sino que la persona acusa una merma considerable en su posible capacidad para la resolución del problema, ya que su capacidad mental disminuye al mantener en la mente el estado de preocupación dando vueltas y vueltas, ocupando un espacio que bien podría ser el necesario para llegar a la solución del problema, si estuviera en sus manos la solución.

Dice un proverbio chino:
"Si un problema tiene solución, ¿para qué preocuparse? Y si no la tiene, ¿para qué preocuparse?".

Todo es energía. El Amor también lo es, y no es cualquier energía, es la energía más poderosa que existe. El Amor es la única razón para volver a la vida de la materia una y otra vez. Aprender a Amar como Dios Ama a todos sus hijos es la única asignatura obligatoria a este lado de la vida. Todo lo demás, enseñanzas, aprendizajes y/o liberarse de karmas, quedaría hecho en un santiamén si se aprendiera a Amar.
¿Quiere esto decir que los seres humanos no saben Amar? Por supuesto que saben, el sentimiento que los seres humanos dedican a sus padres, a sus hijos, a sus hermanos, a sus parejas, es amor, con minúscula, pero amor, y aunque el Amor es uno, y no se han de hacer distinciones, podemos nombrarle como “amor humano”. El problema es que este “amor humano” está salpicado, o mezclado, o interconectado con el apego.
Tienen que tener presente que la única razón de la venida del alma a la materia es, precisamente aprender a Amar de la misma manera que Dios Ama a todos sus hijos. Cuando el hombre Ame con total intensidad, habrá finalizado sus viajes a la vida física, por lo tanto, ninguno de lo que comparten la encarnación Aman de manera incondicional. Que nadie se rasgue las vestiduras, porque ese es el aprendizaje.
La pregunta sería ¿en qué medida aman los seres humanos?
Imaginen que para Amar incondicionalmente todos los seres humanos van a tardar el mismo tiempo, y que es un tiempo ya establecido de antemano. Imaginen también, que ese tiempo establecido van a ser “mil” vidas, y que en cada vida se va a ganar una unidad de Amor. Lo cual quiere decir que las almas que estén en la vida “uno”, van a Amar con “una” unidad de Amor, los que estén en la vida “quinientas” amarán con “quinientas” unidades de Amor y finalizarán su venida a la materia los que lleguen a la vida “mil”, porque en ella tendrán “mil” unidades de Amor que es el máximo a lo que se puede aspirar.
Sigan imaginando: Amor y apego son inversamente proporcionales. Lo cual quiere decir que quien Ama con “una” unidad de Amor, tiene “novecientas noventa y nueve” unidades de apego”, quien Ama con “ochocientas” unidades de Amor, tiene “doscientas unidades de apego”, y quien Ama con “mil” unidades de Amor tiene “cero” unidades de apego.

Por eso ante la posibilidad de perder la compañía, la comodidad, la comprensión, la satisfacción del deseo, o ante los pensamientos de vivir en soledad, o ante la perspectiva del ridículo de presentarse en sociedad sin la compañía de siempre, aparecen los celos, aparece el dolor ante la pérdida del otro, y todo eso converge en miedo, en ansiedad y rápidamente en dolor y en sufrimiento. ¿En qué medida?, recuerden a menos Amor más apego, y a más Amor menos apego.

Mientras tanto, los hombres seguirán buscando compañía y la confundirán con Amor, seguirán buscando comprensión y la confundirán con Amor, seguirán creyendo que la pasión y el deseo son Amor, y seguirán confundiendo con Amor la dependencia del otro. Todo eso es apego.


Permítanse un momento de reflexión: Hagan un recuento de las personas a las que aman, y piensen que es lo que están haciendo para su felicidad. Piensen si existe un solo instante en el día, en el que esa persona amada pueda no ser completamente feliz por alguna palabra suya, por alguna acción, por alguna omisión.
Si eso es así, posiblemente tendrían que hacer una nueva reflexión sobre la calidad de su amor.
No importa lo que ellos hagan o digan, porque estamos hablando de su amor por esa persona. Recuerden que Amar es desear la felicidad de la persona amada, por encima de todo. Un instante de infelicidad por algún comportamiento de ustedes no es Amor, es amor, con minúscula, es el amor teñido de apego.
Podría pensar que para la felicidad de esa persona está usted trabajando de sol a sol, para que tenga unas buenas vacaciones, o un buen coche, o una gran casa. Vuelva a pensar, ¿no lo estará haciendo por usted?, es posible que esa persona valore más un abrazo, o una palabra amable, o comprensión, o compañía.
También cabe la posibilidad que usted crea que trata con exquisito respeto a otra persona y, sin embargo, es posible que ella no actúe de la misma manera, recriminándole por aspectos que usted cree injustos. Y eso le enoja, y como cree que se está portando de manera injusta le critica, porque no se considera pagado con la misma moneda.

Cuando se actúa con Amor, tiene que dar igual lo que haga o diga la otra persona. En esa situación se ha de perdonar su actuación, sin juzgarla, y por supuesto, seguir tratándola con el mismo respeto. 

Reflexionen sobre la calidad de su amor.

Se puede Amar en pareja o en solitario. Porque el Amor no se activa con otra persona, el Amor anida en el interior del hombre y lo reparte a su pareja, a sus hijos, a sus amigos y a sus enemigos.
¡Sí!, a sus enemigos también.
Contesten estas preguntas y lograrán entenderlo: ¿Cuál es el color de su piel?, ¿lo pueden ver sus amigos?, ¿lo pueden ver sus enemigos? Está claro que todo el que mire verá el color de su piel. Lo mismo ocurre con el Amor, porque el Amor está en la persona, y la persona que ha conseguido anidar en sí el Amor, no puede ocultarlo, como el color de la piel, y lo va a dar sin cuestionamientos de ningún tipo.

Por supuesto que, aunque la persona esté llena de Amor no va a abrazar a quien le esté apuntando con un arma para robarle en plena calle, pero en lugar de generar odio en su contra, puede muy bien perdonarle y bendecirle en su interior y, después, hará lo que las leyes de los hombres tengan establecido en la sociedad en la que viva, pero no guardará en su interior ningún tipo de rencor.
Nos puede servir como ejemplo lo que explican los libros sobre la vida de Jesús: Estaba clavado y atado a la cruz y de sus labios sólo salían palabras de perdón hacia los que le estaban torturando y quitándole la vida.
Eso es Amor. Eso es lo que Jesús enseñaba. Eso es lo que tienen que aprender los hombres. Esa es la única razón que tienen para nacer a la vida física.

Para aprender a Amar primero hay que aprender el desapego. El Amor es una energía que comienza en el chakra del corazón y se va repartiendo, lentamente, por todo el cuerpo energético, a lo largo de varias vidas. El apego sólo es un pensamiento que activa otras energías, negativas, que pueden hacer, incluso, que un ser humano le quite la vida física a otro ser humano. Y, además, dicen que lo hacen, con todo descaro, en nombre del amor.

Cuando el hombre Ama siente el dolor y la alegría de otro ser humano como si fuera de él mismo. Con lo cual desconoce qué significan la envidia, los celos, la ira, la rabia, el odio, y tantas emociones enfermizas que campan a sus anchas en las mentes de muchísimas personas, y que van tomando poco a poco posesión de sus cuerpos energéticos. Recuerden: ¡Energías iguales se atraen!

¿Por qué Fran era como decía su madre “un descastado”? Aunque él no fuera conocedor entonces de cómo funcionaba la vida y la muerte, ni se había planteado jamás si existía o no la reencarnación, en su larga colección de vidas había ido trabajando el desapego poco a poco, vida tras vida, hasta llegar a la actual y ser un “descastado”. Y lo que se gana en una vida permanece para siempre.

Valeria Sabater, psicóloga y escritora, autora del libro “La mente es maravillosa” define las cuatro leyes del desapego para la liberación emocional:
-      Primera ley: Eres responsable de ti mismo.
-      Segunda ley: Vive el presente, acepta, asume la realidad.
-      Tercera ley: Promueve tu libertad y permite ser libres también a los demás.
-      Cuarta ley: Asume que las pérdidas van a sucederse tarde o temprano.
La clave para liberarse del apego es la aceptación. Aceptarse tal como se es y comprender que el ser humano es un ser completo, es el camino para desprenderse del apego y comenzar a amarse uno mismo.

Creen los hombres que necesitan un líder que les conduzca por la senda adecuada, un gurú que les enseñe, un maestro que les indique el camino, un jefe que les controle, un modelo al que imitar, un ídolo al que admirar, una pareja para amar, un amigo con quien hablar, un profesional que les comprenda, un sacerdote que les perdone, un santo al que adorar, un dios en quien creer, un enemigo al que culpar, un grupo para meditar, una cuenta corriente que les de seguridad, un libro para aprender y una pastilla para dormir. Esto es apego. Esto es no amarse ni respetarse a uno mismo. Esto no es confiar en las propias posibilidades. Esto es poner la vida en manos de otros y el camino más corto para llegar al sufrimiento, ya que nadie va a satisfacer las necesidades que la persona cree tener.

Como dice Valeria Sabater, se ha de ser responsable de uno mismo, y no entregar cada aspecto de la propia vida a otro. Eso es evadir la responsabilidad de la propia vida, eso es apegarse a quien sea, con tal de que le vaya solucionando la vida.

Pero si los seres humanos así lo creen, así es para ellos. Porque cada hombre sólo es el reflejo de su propio pensamiento y de su propia creencia. Y así seguirá siendo hasta que el hombre entienda que no necesita nada, que no necesita a nadie. Y no lo necesita porque el ser humano es un ser completo. Tiene todo lo que necesita para realizar con éxito su Plan de Vida.
Puede, que en algún momento de su existencia necesite de alguien, de manera puntual, para que le ayude a abrir alguna puerta, pero como seguro que han leído u oído en multitud de ocasiones, la puerta ha de franquearla uno solo, porque todo el trabajo importante a realizar en la vida espiritual es un trabajo en soledad, es un trabajo de introspección, de comprensión y de aceptación.
Lo único que necesita el ser humano es tener conciencia de lo que es, y aceptarlo, y eso lo podrá escuchar de sus modelos y lo podrá leer en libros, pero no le va a servir para nada hasta que no lo integre en cada una de las células de su cuerpo.

El ayer ya no existe, el mañana tampoco y, si me apuran, tampoco existe el presente. Existe un continuo de tiempo, un continuo de conciencia. Sin embargo, los hombres son incapaces de vivir ese continuo, ese mágico momento, siempre nuevo, que se va desgranando ante su conciencia. Pero no lo ven, no lo perciben, no lo sienten, porque se quedan anclados en su pasado maniatando a su conciencia. Dan un salto para intentar instalarse en el presente, pero tampoco lo consiguen, porque se vuelven a anclar en otro pasado, o a veces, se pasan en el salto y aparecen en el futuro.
Con lo cual, viven de recuerdos que solamente existen en su mente, y de programaciones de futuro, que solo existen en sus deseos. Y la vida pasa y pasa, sin que sean conscientes de la belleza, de las sincronicidades y de las oportunidades que la vida, en su eterno discurrir, les presenta una y otra vez.
Ese anclaje al pasado o ese suspirar por sus deseos de futuro, solo es apego. Se apegan a situaciones. Es igual que hayan sido agradables o no, ya no existen, y enganchados a la situación pasada no pueden ver el ahora, no pueden vivir porque tienen la vida ocupada, no pueden sentir porque tienen prisioneros a los sentimientos, no pueden ver porque no miran, no pueden resolver porque tienen congestionada y llena de ruido su mente.
Viviendo el presente se desapega el hombre del ayer y se olvida del mañana, ¿quién sabe si existirá para él un mañana?, y en todo caso, serán sus acciones de hoy las que determinen cómo será su mañana.
Viviendo el “ahora” las personas no solo se responsabilizan de sí mismas, sino que aceptan todo lo que la vida les presenta, que no es, ni más ni menos, que lo que ellas mismas habían programado para su existencia.
La práctica de las dos primeras leyes que presenta Valeria Sabater lleva inexorablemente al cumplimiento de la tercera: La libertad.
La consecuencia lógica de vivir el presente, de aceptar la vida y hacerse responsable conducen de manera inequívoca a la libertad del ser humano y, en su libertad, liberando las situaciones del ayer y no necesitando a nadie, una vez comprendido que es un ser completo, otorga la libertad, también, a todos los que le rodean.
Y, por último, vivir el presente, desanclando el pensamiento del pasado lleva la aceptación a su máxima expresión, al entender que la vida en la materia tiene fecha de caducidad. Aceptar la muerte es la suprema aceptación, ya que es más difícil aceptar la muerte de un ser querido que la propia.